La organización
obrera se consolidó a partir de 1943 porque la sindicalización comenzó a
extenderse, con mucha rapidez, a los gremios industriales primero y luego a los
empleados del Estado, alcanzando su máximo hacia 1950. La ley de Asociaciones
Profesionales aseguraba la existencia de grandes organizaciones: un sindicato
por rama de industria y una confederación única, con fuerza suficiente como
para negociar de igual a igual con los representantes patronales, pero a la vez
dependientes de la “personería gremial”, otorgada por el Estado.
Las funciones de los sindicatos, por otro lado,
cada vez comenzaron a tomar más importancia: por un lado, respecto de las
organizaciones de base, debían controlarlas, achicarlas al espacio de acción
autónoma e intervenir las secciones demasiado inquietas; y por otro lado cada
vez tuvieron funciones más complejas tanto en la negociación de de los
convenios como en las actividad sociales, por lo que debieron desarrollar una
administración especializada, de modo que la fisonomía (convertidos en una
burocracia estable) de los dirigentes sindicales se diferenció notablemente de
los viejos luchadores.
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